6 Julio 2008. FeSP - Agencias
Este discurso fue pronunciado por Gervasio
Sánchez el 7 de mayo último en el acto de recepción de los Premios Ortega y Gasset.
Estaban presentes la vicepresidenta del gobierno, varios ministros y ex
ministros, la presidenta de la Comunidad
De Madrid, el alcalde Madrid, el presidente del Senado y centenares de
personas.
Sin embargo no fue publicado por El País ni por ningunos de los medios
que patrocinan ese premio.
Estimados miembros del jurado, señoras y
señores:
Es para mí un gran honor recibir el
Premio Ortega y Gasset de Fotografía
convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de
América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo
durante la década de los noventa, muy
especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.
Quiero dar las gracias a los
responsables de Heraldo de Aragón, del
Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi
trabajo como periodista y permitir que
los protagonistas de mis historias, tantas
veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia,
tengan un espacio donde llorar y gritar.
No
quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía
DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume
por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que
pertenece la fotografía premiada tenga
vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.
Señoras y señores, aunque sólo tengo un
hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir
que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro
hijos víctimas de las minas
antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes
han conocido junto a su hija Alia en la
imagen premiada, que concentra todo el
dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre
todo, la incansable lucha por la
supervivencia y la dignidad de las víctimas, el
camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña
colombiana Mónica Paola Ojeda, que se
quedó ciega tras ser víctima de una explosión a
los ocho años.
Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los
que he visto al borde de la muerte, he
visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad.
Les aseguro que no hay nada más bello en
el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras
mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna
pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por
los campos de batalla suelen fabricarse
en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy
dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a
las víctimas de la minas y al desminado.
Es verdad que todos los gobiernos
españoles desde el inicio de la
transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo
Calvo Sotelo, Felipe González, José
María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero
permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura
se ha duplicado la venta de armas
españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje
contra la guerra y que hoy fabriquemos
cuatro tipos distintos de bombas de racimo
cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas
antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado
cada vez que me topo con armas españolas
en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero
negar a creer que el banco de la
justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que,
por fin, un presidente de un gobierno
español tenga las agallas suficientes
para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a
nuestro país, nos guste o no, en un
exportador de la muerte.
Muchas gracias.